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sábado, 20 de noviembre de 2010

El amor no existe


Cupido, luego de ser clavado por la espalda.
El amor no existe. Es una idea que me ha costado digerir pero, después de muchos años, la he comprendido, abrazado y adoptado como mía. Desde que somos pequeños nos enseñan a pensar que ese conjunto de desequilibrios fisiológicos que experimentamos cerca de aquellos que nos atraen, física o intelectualmente, se llama amor y que es capaz de mover montañas; que es necesario para poder tener una relación de pareja exitosa; que si nunca hemos amado, entonces, no hemos vivido; que los besos sin amor saben a desgano; que el mejor sexo, es el sexo con amor; en fin, una retahíla de quimeras que no trae nada positivo consigo.

En nombre del amor se atropella, engaña y decepciona, incluso se asesina; se han escrito tantas canciones de amor, como estrellas hay en el universo; tantos libros como gotas de agua en el mar; tantos poemas, refranes, tratados, teorías, tanto de esto, de aquello, tanto de todo que la gente termina perdiendo hasta la última gota de sentido común. El desequilibrio emocional, la pérdida de control, un constante estado de letargo y una torpeza extraordinaria, son los síntomas que invaden a todas las víctimas de esta atroz invención humana.

No tiene caso negarlo, mucho menos mentir al respecto. Yo también fui su víctima. Yo también llegué a estar embriagada por esa idea de “amar” a alguien y en nombre de ese sentimiento fui capaz de hacer cosas que no considero, ni consideraba entonces, correctas o dignas; pero nada de eso importaba si a cambio podía mantener a mi lado a esa persona que me daba lo que tanto había anhelado, que me hacía sentir todo eso que siempre había querido… pero todas las historias, cuentos y relatos tienen un final; todas las ilusiones se esfuman cuando las salpica la más mínima gota de realidad; los sueños, las esperanzas, todo eso que acompañaba a la efímera idea de “estar enamorado”, todo se evapora dejando una amarga carga de vacío, un olor a desesperanza, y un empalagoso deseo de venganza. Nos invade la desesperación porque no sabemos cómo recuperar eso que perdimos; entonces pasamos del letargo de la ilusión, al aturdimiento de la aversión; de la dulce torpeza del distraído, al vulgar descuido del abandonado; todo esto consecuencia de haber alimentado indiscriminadamente, tal como nos enseñaron, a ese fantasma con grillete que resulta el “amor”.

El amor no existe. No es un ingrediente indispensable para la receta de la felicidad. No es la última Coca-Cola del desierto. No lo inventó la reina del arroz con pollo. No hace que las mañanas sean más o menos frías, o que las noches sean más cortas o menos largas. No nos hace mejores, pero puede hacernos peores. No ganamos nada cuando lo aceptamos, pero perdemos todo cuando se nos escapa de las manos. ¿Por qué razón arriesgarlo todo por algo tan etéreo, cuando nos podemos garantizar la felicidad eterna planificando nuestro futuro con precisión científica? ¿Por qué abrir las puertas al desequilibrio sentimental, cuando la seguridad emocional nos espera a la vuelta de la esquina?

El amor no existe. Por lo menos no en esta vida, no en este planeta, no en esta realidad. No existe en la profundidad de su mirada. Nunca ha estado en la ternura de sus besos, ni en el calor de sus caricias. No se esconde en mi cabeza cuando recuerdo su respiración, ni camina por mi espalda, como lo hacen sus dedos, cuando no está. No alimenta de suspiros mis pulmones, porque no deambula la ciudad. No acelera mi corazón porque no le doy cuerda, ni dejo la rienda suelta para que paste a libertad. No. Yo no.



Brenda Salva, desde la habitación más oscura y pulcra de su casa. Y la única...

martes, 16 de marzo de 2010

La verdad sobre los hombres, por una mujer despechada

Los datos que voy a contar en el siguiente relato son resultado de una tarde pensativa en la que me transformé una feminista asquerosa ¿Por qué? Simplemente porque soy mujer. Rencorosa y carente de puntería para el hombre perfecto. O casi perfecto. A veces me pregunto, ¿un hombre perfecto es una mujer disfrazada? No lo sé. Nunca pude comprobarlo, pero aquí van mis conclusiones sobre experiencias pasadas al lado de un manojo de testosterona.

1.El 90% de los hombres cree que la mujer es lo que rodea a la vagina. El otro 10% es virgen. O ciego.
2.El 50% de los hombres pueden llegar a gastar grandes cantidades de dinero para lograr llevar a la cama a una mujer.
3.El 70% de los hombres buscan a una mujer que se parezca a su madre. O sea, que cocinen, laven y planchen igual que ella.
4.El 80% de los hombres creen que una mujer atractiva es tonta y una mujer fea es inteligente.
5.El 65% de los hombres creen que los accidentes automovilísticos son producto de una mujer al volante.
6.El 75% de los hombres creen que una mujer jefa es lesbiana y forma parte de la barra brava de Nueva Chicago.
7.El 95% de los hombres se fijan en una mujer primero en las glándulas mamarias, si son más grandes que su puño es aceptable. Si son igual a dos huevos de gallina dirigen la mirada a la parte trasera de la mujer. Y si esto es igual a una tabla de planchar pasan a mirar a la mujer de al lado.
8.El 85% de los hombres creen que una mujer que tiene mal humor, tiene pésimas relaciones sexuales. Y el otro 15% creen que le vino.
9.El 99% de los hombres cuando se deprimen cambian de mujer sin dejar a la anterior. Y cuando cumplen los 40 esto se convierte en ley fija.
10.El 100% de los hombres afirman que el deseo constante de tener sexo es meramente una necesidad biológica que debe ser saciada.

Bueno, no queda mucho margen de discusión, a menos que encuentre a mi príncipe azul que me quiera tal cual soy y deje de decirme: “Yo a vos te veo con bigote, sos mi mejor amiga”.
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